Menjunje

Llovía. Caía un montonazo de agua, y con mucha fuerza. No podía volverme a casa porque la calle estaba inundada, los colectivos habían desviado su recorrido habitual y cada remis al que llamaba me contestaba que tenía una demora incalculable. La casa de la señora era el único refugio.

Elsa me había recibido de punta en blanco. Sus años de estrella le habían dejado una mano exquisita para el maquillaje, pero ahora veía poco y exageraba con un polvo facial demasiado claro. Qué importaba, si a ella le gustaba. Decía que su cutis de italiana del norte siempre había sido así, pálido. Cómo contradecir a una vieja de 92 orgullosos años. Su coquetería era sublime; ese aire fantasmal acrecentaba el misterio.

Una hora antes del diluvio yo había llegado acalorada al departamento de Villa Crespo en donde ella vivía. Mi misión era hacerle una entrevista sobre su vida como actriz de radioteatros que se publicaría en una revista nueva. Me contó sus peripecias durante los primeros años de la radio en Argentina, cuando todo era de una magia monumental y ella disfrutaba del juego de ser otra. Me mostró una foto de su marido fallecido años atrás, con quien había vivido un amor de esos que incluyen flores y bombones. Me confesó su delicia por la cocina, a la que ahora podía dedicar todo su tiempo.

Estaba diciendo que su nieta quería ser actriz como ella cuando empezó a llover. Era de esperarse, con la humedad que hay, dije. Seguro para enseguida, es una lluvia de verano, agregó ella. Pero no: Elsa había pasado media hora más hablando de su familia y el diluvio sólo había empeorado.

Era la hora de cenar y no tenía manera de irme del departamento. Acepté que me viniera a buscar un remis, que tardaría, como mínimo una hora. Como una abuela protectora, Elsa salió con lo esperable: nena, pongo un plato más. Hambre yo no tenía, pero algo había que hacer. Entonces comamos.

La actriz se despachó con unos tallarines. Poco me importaba la comida a esa altura, aunque cuando vi los dos platos sobre la mesa, rebozantes de tomate, el tema me preocupó. La salsa: mi pesadilla. La salsa de tomate –su olor, en realidad- era los domingos al mediodía, despertándome con males de la noche de sábado mientras mi padre me apuraba para almorzar. La salsa era la cebolla frita, el ajo bien picadito, la hoja de laurel que le toca al que debe lavar los platos y el tomate que hay que pelar después de pasarlo por agua hirviendo. La salsa era mi madre aborreciendo las aureolas de aceite en la olla. Esa era, también, yo.

Comí de a poco la pasta. Conversé con Elsa para distraerme. Traté de no prestar atención al menjunje pero mis papilas gustativas lo hicieron solas. Estaba muy aceitosa. No tenía carne. Le había puesto un poco de pimienta.

Con un esfuerzo enorme vacié la mitad del plato. En eso tocaron el timbre. Ella se disculpó y fue a atender; yo me quedé sola. Desde la mesa vi que la vieja charlaba en el porche con la vecina de enfrente, que le decía que con la tormenta se había cortado la luz y no tenía linterna. Miré los fideos. No quería más, nunca los había querido. Entonces, con una actitud de rebeldía adolescente, me acerqué a la olla aun con comida y eché lo que me quedaba en mi plato. Después volví a mi lugar y tomé mucha agua.

Elsa volvió. Elogié su comida y su buena mano para hacer la salsa. Tres minutos más tarde escuchamos el bocinazo del auto que había venido a buscarme. Ya no llovía.  

Circular


Se sentó al costado de la cama perfectamente armada. Se desabrochó los cordones de las zapatillas con paciencia, se las sacó y se recostó. Sintió el colchón mullido. A sus pies, su gato durmiente protestó un poco por tener que compartir sus aposentos.

Ni bien el animal se irguió, ella empezó a hablarle. Le contó que se sentía cansada, que su marido no la escuchaba. Que estaba harta de sus maltratos. Que sus hijos se iban de la casa sin saludarla. Que algunas noches ella no dormía pensando dónde estaban, pero a la mañana siguiente se enteraba de que los muy descarados habían ido a una fiesta y no habían sido capaces de avisarle. Convencida, le explicó al gato inmóvil y somnoliento que ella no había criado a sus chicos para que se vayan de festejo todo el tiempo, y que nunca había pensado que a esta edad y después de todo el trabajo que había hecho por ellos, se lo pagaran de esa forma. 

El gato maulló. Ella empezó a imaginar qué haría si no tuviese que cumplir con todos los quehaceres domésticos. No pudo, pero se le cruzaron por la cabeza esas mujeres que hacen abandono del hogar y nunca más regresan, que se olvidan que parieron hijos, que alguna vez formaron una familia. ¿Se volverían a casar? ¿Se quedarían solas con un gato de mascota, como el suyo? ¿Trabajarían cuidando viejos o en algún orfanato? Para ella no había otra: las mujeres tienen instinto de madres.
En eso estaba cuando escuchó el ruido de la puerta. Se levantó rápido de la cama y se calzó las pantuflas para no perder tiempo con las zapatillas. Desandó el pasillo todavía con el olor a manzanas asadas que había hecho esa tarde. Cuando llegó al living, le dio un beso a su hijo, que ya estaba en casa. 

Ya en la cocina, abrió la canilla y empezó a fregar una asadera. Para esta noche hay manzanas al horno, y además te batí crema, le dijo al chico.

Olvidos

Me había olvidado de cómo era llorar en la parada de colectivo. En otros tiempos era casi normal: los portazos de salidas tempestuosas, después de almuerzos y cenas con nudos en la garganta y conversaciones fingidas, tras griteríos entre marido y mujer, entre hermano y hermana, entre padre e hija, entre hija y madre.

Me acordé de la vez que me dijeron que tenía que irme si no me gustaba como eran las cosas ahí. De aquel llanto en la vereda anochecida, de la vecina y su preocupación de buena fe, del asilo voluntario tantas veces en la casa de la abuela, del descanso mental en otro hogar que tanto me malcrió.

Me acuerdo del día en que finalmente, me fui.

Recordé los celos de mi hermano, la manía de guardar la mugre debajo de la alfombra, el castigo de quitarme la palabra y el regalo de darme un saludo. La comida que nadie quería comer, pero qué llenos que quedábamos todos, repletos de angustias, enojos, recriminaciones y cosas no dichas.

En realidad, me había olvidado de que uno no elije a su familia, simplemente nace en ella, crece en ella, se moldea con ella, se quema con leche por ella y luego ve una vaca y llora.

Ví la vaca, estoy llorando otra vez, hasta que un nuevo saludo oficie de regalo, hasta que las aguas se calmen, hasta que algún día entiendan que uno es a imagen y semejanza de ellos. ¿O será que nos miran y no se ven, entonces no se resignan a buscarse en nosotros?

Canas

Desde el colectivo presencié el instante exacto en que una pareja se encontraba accidentalmente en la calle. Andarían por los 50 ó 55 años. Él iba en bicicleta y ella caminaba. Se reconocieron. Entonces él paró en el borde del cordón y la saludó con un beso en la boca. Imaginé que no se habían visto en todo el día, que él ya estaba de vuelta del trabajo y hasta había pasado por su casa, pero que no se habían cruzado porque ella le había ganado de mano para ir a la peluquería.

Lo de la peluquería es bien arbitrario, pero se me ocurrió porque ella vestía canas prolijas, de esas que “se llevan bien”. El peinado tenía estilo. A partir de ahí, ya con la pareja lejos, empecé a mirar el pelo de las mujeres que me cruzaba en la calle. Me quedaba un rato de colectivo y caminar seis cuadras hasta la casa de mi abuela. Encontré cabelleras prolijamente teñidas, otras a las que se le desnudaban las raíces apenas o mucho. También una señora que tenía su color aparentemente original y tan sólo un mechón blanco, y una joven de treinta y pico que caminaba con un nene de la mano y lucía canas incipientes con mucha frescura.

Inevitable no preguntarme entonces qué haría yo cuando las canas llegaran como baldazo de agua fría. Ninguna de las mujeres de mi familia encanecieron pronto, pero sí los hombres. Apenas pasado de los veinte, mi hermano tiene pelos blancos en las sienes.

Me prometí llevarlas con dignidad y honestidad, como una tarea más. Los mechones blancos bien podrían pensarse como huellas de vida. Desde la brillantez del color pre 30 años, la tintura no concuerda con esos parámetros. Pero eso sería ideal poder recordarlo cuando, en unos años, me escandalice por la cabeza pálida.

Ojos que te cuidan

Me dirijo a un consultorio oftalmológico. El lugar tiene una gran puerta de vidrio. Intento abrirla. Le doy con un poco de mi fuerza testaruda. Está trabada. Casi la tiro abajo, porque no leí el cartel que indica que toque timbre. No importa: viene el señor de seguridad a abrirme. Buenas tardes. Hola qué tal. ¿Tiene turno?. Sí, tengo turno a las seis. Vaya por allá entonces, que después que pase el chico la atiende la señorita. 

Señorita se desocupa pronto, me pide el carnet de la obra social, me toma los datos, me hace mirar por una maquinita que -supongo- es para calcularme la visión y me ordena que tome asiento. Claro: el lugar es pequeño, no hay espacio para gente rebelde que quiera permanecer de pie. Las sillas están acomodadas en hileras, esperando ser usadas; la tele prendida, ansiosa por entretener la espera.

Ya me senté. El de seguridad sigue recibiendo gente y diciéndole dónde tiene que ponerse. Me quedo mirándolo. Está vestido como todos los de seguridad: pantalón oscuro, camisa blanca con bordado de la agencia a la que pertenece, borcegos. No tiene gorrita, como otros de su misma ocupación. No tiene armas cortas ni largas, ni elementos amenazantes como bastones u otras cosas no identificadas. No porta handy ni celular a la vista. Su protección radica en el orden. Él acomoda a la gente que va llegando al consultorio. La ubica en tiempo y espacio. Hace lo que muchos: saluda, escucha quejas de las personas entradas en años, es chistoso con la señorita recepcionista, le dice chau doc al médico que terminó su turno, le relojea el culo a la veterana que cae de urgencia con algo que se le metió en el ojo. Y por supuesto, cumple con lo que tiene que cumplir. El de seguridad debe cuidar. Y como método, desconfía, no vaya a ser que entre nosotros haya una presa (¿En tal caso, cómo la cazaría? ¿Tendrá una espada oculta?) y a él se le escape. Tras una sonrisa socarrona, él mira –no sólo trastes- y anota mentalmente todo lo que hacés. Para eso le pagan, después de todo.

Entre sujeto que entra y persona que sale, el depositario de la seguridad de los pacientes se recuerda a sí mismo: el deber es la tutela. Entonces si estás distraído, quizás te estás haciendo el boludo, te querés mandar alguna y pretendés pasar por inadvertido. Ni te cuento si tenés una birome en la mano y estás anotando algo en una libretita azul. Podés estar recabando datos para alguna operación fantasma. Y si estabas justo escribiendo toooodo esto que se te ocurre acerca del tipo de seguridad, tené cuidado. Porque te puede estar mirando. Te puede estar espiando él a vos, por sobre tu hombro. Sí, como una sombra, detrás del respaldo de mi silla que linda con el cuerpo de otro paciente están los ojos del señor que cuida el consultorio oftalmológico, que lee frases desordenadas acerca de su modo de vestirse, de actuar y de trabajar.

Recreo

Un recreo. Suena el timbre. Sale al patio. Juega. Suena el timbre. Hay que entrar. Sigue jugando. Se queda. Se queda otro poco y un poco más. El timbre no vuelve a sonar. Ya sonó. No hay más alarma. El patio se convierte en sótano. Ya no es juego: es encierro.

Nuevo

Da cosquillas lilas en la panza, genera ansiedad, despierta con un sacudón vibrante. Lo nuevo es eso que da ganas de seguir caminando. Pero también trae miedo: el mismo temor que provoca un perro mirando con ganas de dar un mordiscón. Se le derrama la saliva. Se le desencajan los ojos. El perro nos sacará un pedazo de carne, pensamos. El perro nos despojará de algo, nos convencemos. El perro nos dejará una marca indeleble en nuestro cuerpo. Y la novedad también. No la perdamos, no la dejemos estar, busquémosla siempre. Es eso o no ser.

Rojo y negro en tu corazón

Fuente: www.ciudadpintada.com

El día de su muerte todo Pichincha lo lloró. Tito, a secas, era uno de los personajes más entrañables del barrio. Desde la esquina de Suipacha y Jujuy vio cómo cambió el vecindario: del esplendor de las largas noches prostibularias, pasando por el renacer de la mano de los ferroviarios hasta su refundación en el siglo 21 con una oferta de restaurantes típicos, ferias de antigüedades y alojamientos para turistas.
Allí estuvo él: día y noche tomando mate en su puesto de diarios, desde la madrugada hasta entrada la tarde. Tito era algo así como el alma del barrio. Pero poco se sabía sobre su vida ya que no se le conoció mujer, hijo, hermano o primo.

Cuenta la leyenda que, según sus propias palabras, vio cantar al mismísimo Carlos Gardel en la mansión de doña Luisa cuando era apenas un niño y las putas llegaban de todas partes del mundo para darle vida al barrio. Pero la veracidad de ese evento siempre fue un misterio, al igual que su color futbolero.

A pesar de conversar día tras día con cada uno de sus clientes, ninguno de ellos supo más de lo que Tito quiso contar. Él decía que le gustaba el fútbol, pero no comentaba de qué cuadro era para no dejar de vender diarios a los clientes de uno u otro bando. Hay quienes sostienen que era un enfermo hincha de Rosario Central pero luego de la palomita de Poy en el ‘71 juró nunca más hablar sobre su equipo como parte de una promesa.

Lo cierto que el velorio de Tito fue un desfile constante de personas, todos con caras largas despidiendo a un emblema del barrio. Cuando promediaba la calurosa tarde de diciembre una mujer de unos ochenta años ingresó a la sala aleatoria ayudaba por un descascarado bastón de madera. Preguntó dónde estaba el cajón del finado y despacio se fue acercando a la sala. Había media docena de personas alrededor del féretro y todos ellos se dieron media vuelta para mirarla.

Un hombre se acercó una silla, pero la mujer la rechazó. Se detuvo a la cabeza del cajón, le dio un beso y lloró desconsoladamente durante un par de minutos. Ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir el llanto de la mujer, entonces dejaron descargar su tristeza en soledad. Tras secarse las lágrimas, la anciana extrajo de su cartera una bandera negra y roja y susurró al féretro: “Vamos Ñuls, carajo”. Así fue como uno de los misterios de Tito fue develado.