Desde el colectivo presencié el instante exacto en que una pareja se encontraba accidentalmente en la calle. Andarían por los 50 ó 55 años. Él iba en bicicleta y ella caminaba. Se reconocieron. Entonces él paró en el borde del cordón y la saludó con un beso en la boca. Imaginé que no se habían visto en todo el día, que él ya estaba de vuelta del trabajo y hasta había pasado por su casa, pero que no se habían cruzado porque ella le había ganado de mano para ir a la peluquería.
Lo de la peluquería es bien arbitrario, pero se me ocurrió porque ella vestía canas prolijas, de esas que “se llevan bien”. El peinado tenía estilo. A partir de ahí, ya con la pareja lejos, empecé a mirar el pelo de las mujeres que me cruzaba en la calle. Me quedaba un rato de colectivo y caminar seis cuadras hasta la casa de mi abuela. Encontré cabelleras prolijamente teñidas, otras a las que se le desnudaban las raíces apenas o mucho. También una señora que tenía su color aparentemente original y tan sólo un mechón blanco, y una joven de treinta y pico que caminaba con un nene de la mano y lucía canas incipientes con mucha frescura.
Inevitable no preguntarme entonces qué haría yo cuando las canas llegaran como baldazo de agua fría. Ninguna de las mujeres de mi familia encanecieron pronto, pero sí los hombres. Apenas pasado de los veinte, mi hermano tiene pelos blancos en las sienes.
Me prometí llevarlas con dignidad y honestidad, como una tarea más. Los mechones blancos bien podrían pensarse como huellas de vida. Desde la brillantez del color pre 30 años, la tintura no concuerda con esos parámetros. Pero eso sería ideal poder recordarlo cuando, en unos años, me escandalice por la cabeza pálida.

Bellezas naturales
ResponderSuprimirBellezas naturales
ResponderSuprimir