Se sentó al costado de la cama perfectamente armada. Se desabrochó los cordones de las zapatillas con paciencia, se las sacó y se recostó. Sintió el colchón mullido. A sus pies, su gato durmiente protestó un poco por tener que compartir sus aposentos.
Ni bien el animal se irguió, ella empezó a hablarle. Le contó que se sentía cansada, que su marido no la escuchaba. Que estaba harta de sus maltratos. Que sus hijos se iban de la casa sin saludarla. Que algunas noches ella no dormía pensando dónde estaban, pero a la mañana siguiente se enteraba de que los muy descarados habían ido a una fiesta y no habían sido capaces de avisarle. Convencida, le explicó al gato inmóvil y somnoliento que ella no había criado a sus chicos para que se vayan de festejo todo el tiempo, y que nunca había pensado que a esta edad y después de todo el trabajo que había hecho por ellos, se lo pagaran de esa forma. El gato maulló. Ella empezó a imaginar qué haría si no tuviese que cumplir con todos los quehaceres domésticos. No pudo, pero se le cruzaron por la cabeza esas mujeres que hacen abandono del hogar y nunca más regresan, que se olvidan que parieron hijos, que alguna vez formaron una familia. ¿Se volverían a casar? ¿Se quedarían solas con un gato de mascota, como el suyo? ¿Trabajarían cuidando viejos o en algún orfanato? Para ella no había otra: las mujeres tienen instinto de madres.
En eso estaba cuando escuchó el ruido de la puerta. Se levantó rápido de la cama y se calzó las pantuflas para no perder tiempo con las zapatillas. Desandó el pasillo todavía con el olor a manzanas asadas que había hecho esa tarde. Cuando llegó al living, le dio un beso a su hijo, que ya estaba en casa.
Ya en la cocina, abrió la canilla y empezó a fregar una asadera. Para esta noche hay manzanas al horno, y además te batí crema, le dijo al chico.
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