Olvidos

Me había olvidado de cómo era llorar en la parada de colectivo. En otros tiempos era casi normal: los portazos de salidas tempestuosas, después de almuerzos y cenas con nudos en la garganta y conversaciones fingidas, tras griteríos entre marido y mujer, entre hermano y hermana, entre padre e hija, entre hija y madre.

Me acordé de la vez que me dijeron que tenía que irme si no me gustaba como eran las cosas ahí. De aquel llanto en la vereda anochecida, de la vecina y su preocupación de buena fe, del asilo voluntario tantas veces en la casa de la abuela, del descanso mental en otro hogar que tanto me malcrió.

Me acuerdo del día en que finalmente, me fui.

Recordé los celos de mi hermano, la manía de guardar la mugre debajo de la alfombra, el castigo de quitarme la palabra y el regalo de darme un saludo. La comida que nadie quería comer, pero qué llenos que quedábamos todos, repletos de angustias, enojos, recriminaciones y cosas no dichas.

En realidad, me había olvidado de que uno no elije a su familia, simplemente nace en ella, crece en ella, se moldea con ella, se quema con leche por ella y luego ve una vaca y llora.

Ví la vaca, estoy llorando otra vez, hasta que un nuevo saludo oficie de regalo, hasta que las aguas se calmen, hasta que algún día entiendan que uno es a imagen y semejanza de ellos. ¿O será que nos miran y no se ven, entonces no se resignan a buscarse en nosotros?

2 Tienen la palabra:

  1. La familia es ese mal necesario que nos expulsa todo el tiempo y, por suerte, porque nos hace crecer y prepararnos para cuando no esten.

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  2. Se niegan a encontrarse en nosotros que, a veces, oficiamos de espejos. Pero también se niegan a aceptar que no siempre seremos como ellos quisieran y ahí viene el llanto.

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