Rojo y negro en tu corazón

Fuente: www.ciudadpintada.com

El día de su muerte todo Pichincha lo lloró. Tito, a secas, era uno de los personajes más entrañables del barrio. Desde la esquina de Suipacha y Jujuy vio cómo cambió el vecindario: del esplendor de las largas noches prostibularias, pasando por el renacer de la mano de los ferroviarios hasta su refundación en el siglo 21 con una oferta de restaurantes típicos, ferias de antigüedades y alojamientos para turistas.
Allí estuvo él: día y noche tomando mate en su puesto de diarios, desde la madrugada hasta entrada la tarde. Tito era algo así como el alma del barrio. Pero poco se sabía sobre su vida ya que no se le conoció mujer, hijo, hermano o primo.

Cuenta la leyenda que, según sus propias palabras, vio cantar al mismísimo Carlos Gardel en la mansión de doña Luisa cuando era apenas un niño y las putas llegaban de todas partes del mundo para darle vida al barrio. Pero la veracidad de ese evento siempre fue un misterio, al igual que su color futbolero.

A pesar de conversar día tras día con cada uno de sus clientes, ninguno de ellos supo más de lo que Tito quiso contar. Él decía que le gustaba el fútbol, pero no comentaba de qué cuadro era para no dejar de vender diarios a los clientes de uno u otro bando. Hay quienes sostienen que era un enfermo hincha de Rosario Central pero luego de la palomita de Poy en el ‘71 juró nunca más hablar sobre su equipo como parte de una promesa.

Lo cierto que el velorio de Tito fue un desfile constante de personas, todos con caras largas despidiendo a un emblema del barrio. Cuando promediaba la calurosa tarde de diciembre una mujer de unos ochenta años ingresó a la sala aleatoria ayudaba por un descascarado bastón de madera. Preguntó dónde estaba el cajón del finado y despacio se fue acercando a la sala. Había media docena de personas alrededor del féretro y todos ellos se dieron media vuelta para mirarla.

Un hombre se acercó una silla, pero la mujer la rechazó. Se detuvo a la cabeza del cajón, le dio un beso y lloró desconsoladamente durante un par de minutos. Ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir el llanto de la mujer, entonces dejaron descargar su tristeza en soledad. Tras secarse las lágrimas, la anciana extrajo de su cartera una bandera negra y roja y susurró al féretro: “Vamos Ñuls, carajo”. Así fue como uno de los misterios de Tito fue develado.

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